UN ARTÍCULO DE «BADILA»

ESCRITO EN 1901, A LOS 43 AÑOS Y 25 DE PROFESIÓN

El picador JOSÉ BALLARD Y CORTÉS, nacido en Tortosa, Tarragona (o en Tolosa, según algún selecto investigador), en 1858, fue uno de los más afamados picadores del último tercio del siglo XIX y principios del XX. Su resumida biografía pueden leerla en este blog en el artículo sobre los picadores del siglo XIX. Destacamos su labor en la lucha por la que se reivindicaba la importancia de los picadores en las corridas, perdida tiempo atrás por la primacía de los matadores. También sus propuestas para el cambios en el vestido de torear, al que devolvió los antiguos rasgos dorados usados por sus ancestros «varilargueros», cuyos nombres precedían en los carteles a los de los matadores durante el siglo XVIII.

Nos gustaría imaginar cómo se realizaría hoy la suerte de picar según «Badila», si el picador obviase la protección del peto y actuase evitando el choque violento en el encuentro, eludiera la embestida echando el toro por delante de la cara del caballo tras haber picado en el morrillo, apretando y girando al jaco con el mando de su mano izquierda. En fin, dejo a su imaginación el deleite que puede suponer una suerte gallarda, medida, artística y sin ventajas.

JOSÉ BALLARD Y CORTÉS «BADILA

UN ARTÍCULO DE “BADILA”

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LA SUERTE DE VARAS

          Que diga yo cómo se debe picar pretenden unos buenos amigos míos que, sin conocer mi debida modestia, mis respetos para con el público, dueño y señor a quien siempre trato de agradar, hacen arma contra mí de los treinta o más años que llevo en el ejercicio de mí profesión para que no me niegue a su demanda.

          ¿Cómo se pica? ¿Cómo se debe de picar? Yo no sé explicarlo… Sé hacerlo, es decir, creo que sé, si no con maestría, al menos con entusiasmo por mi profesión. ¿Es que no hay otros con muchos mejores títulos que yo para explicar eso? No se convencen, ¿eh? Pues bien, sea. Pero conste siempre que el público, ese bondadoso público a quien tanto debo, me desautorizará en cuanto lea lo que me dicta mi propio criterio y compare con lo que hago en el redondel ante los toros. Ustedes tendrán la culpa; y les remorderá la conciencia, porque yo prometo no ocultarles los disgustos que me proporcione el haber dejado la puya por unos momentos para tomar la pluma que ustedes se dignan poner en mis manos.

          En fin, basta de preámbulo, y… allá voy, con la venia de mis respetables lectores.

          He aquí, en mi concepto, las tres primeras cosas que hacen falta para picar toros: mano izquierda, pulso y dominio del caballo.

          La otra cosa que viene inmediatamente después, y de la cual depende, en la mayoría de los casos, el acierto en el ejercicio de la profesión, es la cabalgadura que necesita el picador. Con caballo que obedece mal a la rienda, que es receloso, que se asusta o hace extraños ante la res (como lo estamos viendo a menudo), claro está que no puede salir airoso el lidiador. ¡Ah, si pudiéramos nosotros cambiar de caballo como los matadores de muleta cuando así es preciso!… Si cuando nos convencemos ante la res de que ésta no acude por causa del caballo nos retirásemos para que nos dieran otro… y nos lo diesen…

          Antes de entrar a definir, a mi modo, la manera de ejecutar la suerte de picar, voy a permitirme unas observaciones que somete a la consideración de cuantos lean esto.

          ¿Hay alguna razón, si no es la rutina, para que el picador esté en la arena cuando sale el toro, siendo así que antes de entrar a los caballos ha de ser capeado para que pierda pies, se aplome y facilite al lidiador el mejor acierto y lucimiento en la suerte y que éste cumpla de modo gradual sus fines de preparar a la res para los dos tercios sucesivos?

          ¿Qué vemos cuando el toro, alocado, ciego ante los torrentes de luz que le deslumbran de pronto al salir del chiquero arremete al picador? ¿Vemos arte? ¿Vemos, en realidad, cumplirse el primer tercio? No; lo que vemos casi siempre es que jinete y caballo caen confundidos en la arena, o que si el picador –como es lógico que suceda- no ha podido prepararse a la acometida, y tiene la suerte de rodar por el suelo y no la desgracia de caer sobre el testuz, en cuyo caso es del toro, se defiende como puede y el toro recibe el puyazo en cualquier parte, puyazo que puede ser un rajón que le inutilice, o, por lo menos, que le dañe mucho.

          Hechas estas observaciones, entro en materia.

          Para ejecutar bien la suerte de picar, se coloca el picador en derechura de la fiera, cuarteando un poco al llegar cerca para darle la salida, porque claro es que, si no se desviase un poco, el encontronazo no permitiría ejecutar la suerte.

          En el momento en que humilla, el picador pone la puya en el morrillo y carga sobre el palo, debiendo despedir a la res por la cabeza del jaco, al cual vuelve por la izquierda, evitando así que el derrote del toro alcance al caballo.

          Vuelve a tomar el terreno que corresponde y se prepara otra vez, claro está que ayudado por el capote del peón, que nunca debe faltar de junto al estribo izquierdo para llevarse al toro así que ha tomado la vara.

          No todos los toros se pueden picar lo mismo ni en cualquier lugar del redondel. No se debe entrar a picar en las puertas fingidas ni en chiquero, porque, como todos saben, los toros allí pesan más, Tampoco, ni aún por alarde de valor, se debe picar en el mismo sitio del redondel donde la fiera se ha hecho pegajosa en la suerte; allí el picador lleva siempre las de perder, y es justo que trate de buscar ventaja para poder ejecutar mejor su cometido sin aumentar el riesgo.

          Por lo general, el picador no se separa mucho de las tablas; pero hay toros a los que es preciso buscar algo más afuera si se quiere que entren.

          A todos los toros se les pica con mucho palo; con poco no se puede evitar la cornada a la cabalgadura; y sólo cuando recargan y cuando el picador quiere apurar un caballo ya herido, es cuando acorta el palo; pero cargando siempre y empujando para evitar que el toro remate al caballo en el encontronazo, aún antes de que el picador pueda afirmar bien la garrocha.

          Para picar un toro atravesado, que bien pudiera decirse al sesgo, no hace el picador el cite colocado en la rectitud de la fiera, sino presentándole el costado derecho; ya en esta posición, le obliga, y cuando da el derrote, mete el palo el picador y juega la mano izquierda… si no se le olvida… para que el animal salga de la pelea.

          Esta suerte suele realizarse cuando el toro ha tomado querencia a las tablas, refugiándose en ellas.

          El caballo que monta el picador al ejecutar la encontrada, ha de ser vivo y ligero; el jinete debe llevarlo al paso hasta cerca de la res y le sesgará entonces sin tapar la salida para efectuar la suerte sin grave peligro.

          Mucho más, entiendo yo, en mi humilde opinión, que se podría decir acerca de la suerte de varas; pero no me lo permite el tiempo ni el espacio y concluyo haciendo notar lo que va de ayer a hoy. Ayer se decía: “Quién pica hoy?” Hoy el picador viene a ser un auxiliar más o menos complementario y ya no se dice como ayer: ¿quién pica hoy?, sino ¿quién mata hoy?

 JOSÉ BAYARD

Madrid, 1901.

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José María Moreno Bermejo

José María Moreno Bermejo

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