EPIFANIO RUBIO BOROX «MOZO», EL GRAN PICADOR DE LAS CEJAS ALBAS.

JOSÉ LUIS ACUÑA ENTREVISTA AL PICADOR EPIFANIO «MOZO», DE SU BLOG:

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EPIFANIO MOZO, MADRID, 1946

-Como homenaje y recuerdo de un gran picador y buen hombre, publicamos la entrevista que le hiciera D. José Luis Acuña, en dos sabrosas jornadas en las que nos descubre la bonhomía de Epifanio «Mozo» y nos traslada su formación como picador y su posterior dominio de la Suerte de varas.

Recomendamos el acceso al blog citado de D. José Luis Acuña, en la confianza de que descubrirán y disfrutarán de la sapiencia de un gran e íntegro aficionado. Leamos la entrevista del picador al que tuvimos el honor de imponer el Madroño de Albero de la Tertulia de Amigos del Conde de Colombí en 2006. En nuestra Peña El Puyazo, Epifanio formó parte de la Mesa que se constituyó para solicitar una escuela de picadores, a la que él se ofreció como profesor.

EPIFANIO «MOZO», EN UN ACTO DEL CÍRCULO DE AMIGOS DE LA DINASTÍA BIENVENIDA. Foto, Laloma.

Epifanio «Mozo»: un picador de época.

Había quedado con él una semana antes. Empezaba el otoño de 2010. Me abrió la puerta de su casa una gentil empleada que, sin dilación y a través del típico pasillo de los pisos de los años cincuenta, me hizo llegar hasta el salón. En seguida, por otra puerta, apareció la inconfundible figura de Mozo.

Siempre erguido, me extiende la mano y me invita a sentarme donde más guste. Elijo acomodo en el sofá. Él lo hace en un sillón.

M.- Tú dirás.

Abro el tomo del Cossío por el apellido Rubio.

C.- Aquí dice, cosa que ya sabía, que usted nació en Nombela el 7 de abril de 1921 y…

Me interrumpe:

M.- Bueno, los del Cossío no me preguntaron nada. Por cierto ¿quieres un café u otra cosa?

C.- No, gracias, ahora no. Vayamos al tema. Todo el mundo le llama “Mozo” ¿Por qué?

M.- A los 3 años ya me llamaban con ese mote, y siempre ha sido así, sin que hubiera ningún antecedente familiar. Hasta mi mujer me llamaba así. No supe que me llamaba Epifanio hasta que me alisté para la mili. Después, también llamaron “Mozos”, cuando siguieron mis pasos como picadores, a mis hermanos Mariano y Ladislao; bueno, a este le conocieron por “Chiquilín”. Éramos seis hermanos, siempre alternados niño y niña, porque se ve que mis padres, Ladislao y Tecla, hacían muy bien los recados.

C.- ¿Qué recuerda de su infancia?

M.- A los 7 años estaba en “El Alamín” (una finca situada entre Villa del Prado y Almorox) cuidando cerdos. Recuerdo la Guerra en Nombela, cuando el jefe de los milicianos ordenó colocar las metralletas y luego se pasó a los nacionales en octubre del 36. En 1937 me empleé en “La Companza” con la madre y el suegro de Domingo Dominguín. El resto de la familia de los Dominguines estaba en Portugal. Al final resulta que he sido picador por un real, porque me fui a trabajar en la viña de “La Companza” por 25 céntimos que me ofrecieron por encima de las 3 pesetas que estaba ganando por varear bellotas en “El Alamín”.

C.- ¿Y cómo se llega a picador desde jornalero del campo?

M.- Cuando los Dominguines llegaron de Portugal oí por primera vez la palabra “picador”; ten en cuenta que en Nombela no había festejos de toros, sólo capeas donde actuaban algunos de la zona, como «el Cacharrero» de Escalona, que luego echaban el guante. Y son ellos los que me dicen que siendo picador podía ganar 400 pesetas. Yo les pregunté, incrédulo: “¿pero de una vez?” porque esa cantidad no la veía yo en varios meses juntos.

C.- Y usted dijo que sí.

M.- Tuve que esperar, porque al acabar la guerra los Dominguines se fueron a América y yo tuve que hacer tres años de mili en Madrid. Para saber lo que era un picador, una tarde me gasté 2 pesetas -cuando me daban dos reales al día en el cuartel- en una entrada de andanada de Las Ventas. Aquello no me pareció tan difícil. Un día, casualmente, me encontré en la estación a la madre de los Dominguines, que me invitó a pasar por su casa de la calle del Príncipe. Allí me reencontré con Pepe y Luis Miguel, que me preguntaron si me atrevía a picar. Yo les respondí que, a salir a la plaza, sí.

EL VITI, CHAVES FLORES, BARAJITAS Y MOZO, EN 1963, RUMBO A AMÉRICA

C.- Y salió.

M.- Bueno, aquello no era como hoy. De hecho, si Corcuera hubiera sido ministro antes que yo picador, no lo habría llegado a ser, porque fue su Reglamento el que quitó la figura del picador de reserva, que es como empecé: fui a una cuadra de caballos y me apunté al Sindicato de Picadores, donde me dieron el certificado de aspirante a picador de reserva. Por entonces, había dos picadores de reserva, además de los seis de las cuadrillas, que se alternaban y daban el primer puyazo de cada toro con los caballos que les asignaban, que solían ser los peores, por lo que cada entrada se saldaba con caída. El aspirante era el noveno picador y a lo más que aspiraba era a hacer el paseíllo. Cuando reuní diez carteles en los que estaba anunciado, firmados por dos picadores, me fui al Sindicato y ya me dieron el carnet de picador de reserva.

C.- Supongo que habría entrenado en el campo.

M.- ¡Qué va! Debuté en Toledo el día del Corpus de 1945 (aunque el Cossío diga el 46), un 22 de junio, con los tres Bienvenida, ganando 200 pesetas como picador de reserva. Esa fue mi primera vara, ¡sin haber nunca probado en el campo! Tampoco había montado regularmente caballos, aunque sí burros y mulas. Después toreé dos corridas y una novillada en Badajoz, y me volví con 550 pesetas: 200 por corrida y 150 por la novillada.

C.- Eso era una fortuna para usted, ¿no?

M.- Eso no fue todo. Después, en septiembre, toreé con los tres Dominguín, en Mora de Toledo, en un festejo picado, que habían montado para que Domingo pudiera seguir presidiendo el Sindicato de Toreros, y nos invitó a cenar a toda la cuadrilla en “Casa Alberto”, una taberna en la calle Huertas, en frente de la calle del Príncipe (la casa familiar de los Dominguines estaba en el nº 35) y nos dio a cada uno 1.000 pesetas, que es lo que ganaban los del grupo especial. Así que en cuatro meses gané 1.750 pesetas de las del año 1945 y me creí el rey del mundo.

C.- ¿Y ya siguió con los Dominguín?

M.- No, volví a picador de reserva y toreé como agregado en Zaragoza, porque allí no había picadores de reserva. Luis Miguel me dio un préstamo para comprarme el traje de picador, que le devolví con servicios, como llevarles los caballos desde “La Companza” a los lugares donde había carreras de galgos, a las que era tan aficionado. En una ocasión fuimos a Retamares, y vi dos tarifas: una de 10 y otra de 25 pesetas; al no saber, elegí de la de 25, que consistía en que te llevaban hasta el campo un bocadillo y el vino. Luis Miguel me reprochó que hubiera elegido ésa. Así que, al día siguiente, en la Cava Baja, donde me hospedaba, entré en una carnicería y pedí medio kilo de jamón y otro de lomo embuchado, compré unas hogazas de pan, vino y unas naranjas, me lo llevé a Retamares, y triunfé, porque comimos mejor y ahorré dinero, y eso que pagaba el “Estado”, es decir Luis Miguel. A mí Luis Miguel me daba el dinero y nunca me echó cuentas de los pagos.

C.- ¿Siempre estuvo unido a esa familia?

M.- Tres hermanos fueron muy importantes para mí. Pepe Dominguín me enseñó a leer y a escribir, porque nunca fui a la escuela; Luis Miguel me dio trabajo y Domingo mis primeras mil pesetas. Recuerdo que en “La Companza” los tres se jugaban con los criados a las cartas unas puches, o gachas dulces. Si perdían, distraían de la despensa unos botes de leche condensada para hacerlas. Tan unido estuve a la familia que después de morir los cinco hermanos Dominguín, reuní a los nietos, a comer unos huevos con morcilla en “La Alemana”, ya sabes, la de la Plaza de Santa Ana.

C.- Así que aprendió a picar en la plaza.

M.- Bueno, se aprende a caer antes que a picar. Pero hay algo fundamental para picar, que es saber que la pelea con el toro es como con las personas: si uno da un paso atrás, el otro se crece.

RATÓN, MOZO Y SU HERMANO CHIQUILÍN. BOGOTÁ, 1959

-Le miro por si es hora de ir abreviando, pero Mozo sigue hablando sin dar síntomas de cansancio ni aburrimiento.

C.- ¿No tenía miedo al principio?

M.- No, yo sólo he tenido miedo al fracaso, pero nunca a los toros.

C.- Hábleme de sus muchos viajes a América.

M.- Mi primer viaje a América fue por mar en 1949: 28 días de viaje hasta Perú, que los di por bien empleados sólo por conocer el canal de Panamá, algo grandioso. Me llamó la atención la enorme miseria que había en Perú y las desigualdades sociales; y eso que en aquella época en España el nivel económico era tan bajo que ni siquiera te ponían un terrón de azúcar de más con el café. Al año siguiente hubo un terremoto que destruyó Ambato, en Ecuador, y en aquella época la ayuda internacional no era tan eficaz como ahora. El gobierno español para ayudar a Ecuador habló con Luis Miguel que organizó una corrida en el aeropuerto de Quito, y me encargó que fuera a ver al ministro de Asuntos Exteriores. Imagínate, yo allí en los salones del palacio de la plaza de Santa Cruz, que aún no se me había caído el pelo del campo. Pregunté por el ministro, me llevaron a su despacho y me entregó cuatro cartas y me facilitó un camión con cuatro cajones. Primero, me fui a Salamanca y canjeé las cuatro cartas, sin abrir, por otros tantos toros de Los Moleros, Antonio Pérez, María Montalvo y Atanasio Fernández. Me llevé el camión a Cádiz y, junto con otros tres toros de Gandarias, Prieto de la Cal y Juan Pedro Domecq embarqué rumbo a Caracas. A mitad del camino el capitán del barco me hizo llamar para comunicarme que no le dejaban atracar ni en Venezuela ni en Cuba (donde gobernaba Batista), con la excusa del peligro de contagio de la fiebre aftosa, pero en realidad era la falta de relaciones diplomáticas con USA, que mandaba en toda sudamérica. Al final, y con bastantes días de retraso (tuve que escuchar pitos de los pasajeros cuando se enteraron), atracamos en Curaçao. En Quito la corrida fue tan bien, que al tercer toro ya habían paseado a hombros a los tres matadores (Félix Rodríguez, Pepe y Luis Miguel Dominguín) junto con el embajador de España, entre gritos de ¡Viva la Madre Patria! Se me puso un nudo en el corazón. Al final enterraron en cal viva a los 7 toros, por lo de la fiebre aftosa. También puse la primera vara en la Monumental de Iñaquitos (Quito, Perú), en la inauguración el 05/03/1960.

C.- ¿Cuándo empezó en la cuadrilla de Luis Miguel?

M.- En 1951, a raíz de verme picar un toro de Atanasio en Zaragoza. Antes había estado con Dámaso Gómez y Pepe Dominguín. Luis Miguel y El Viti han sido los dos matadores con los que más tiempo he estado. Los dos fueron muy buenos toreros, muy buenos matadores y muy buena gente. Pero siempre estuve unido a Luis Miguel; cómo sería que un periodista escribió que Luis Miguel no se llevaba un picador a América, sino un criado.

MOZO, MIGUEL GIL, EL VITI Y CHAVES FLORES. CALI, 1966

C.- ¿Cuándo se casó?

M.- Estuve dos años de novio con Carmen, también de Nombela, y me casé el 18 de octubre de 1952, después de picar en Guadalajara el 16. Cuatro días después de la boda, el 22, me fui para América hasta marzo, de modo que los primeros cinco meses de casado los viví lejos de mi mujer. Al reencontrarnos, ella incluso estaba vergonzosa.

C.- ¿Le acompañaba habitualmente su mujer a la plaza?

M.- (Sonriendo) Creo que nunca me vio picar. La verdad es que el toreo es una profesión que no permite tener la cabeza en otra parte. Se nota cuando algún torero tiene algún tipo de problema. En la feria de Sevilla de 2010 se lo noté a El Cid, y se lo dije a mi hijo: este hombre tiene algún problema. Recuerdo que Paco Camino tuvo dos cogidas cuando se divorció de su mujer mexicana, la hija de Rodolfo Gaona. Además, en agosto y septiembre apenas podía ir por mi casa: se empieza en las Colombinas, Valdepeñas, etc. Franco iba mucho a los toros en La Coruña, San Sebastián, Madrid…

MOZO PICANDO EN LA PLAZA DE QUERÉTARO, 1964

C.- Se ha hablado mucho de la relación de Franco con Luis Miguel.

M.- Verás. Sobre 1950 construyeron la placita de toros de “La Companza” donde se dieron muchas fiestas, la mayoría para extranjeros. Incluso llevaban vacas de Antonio Pérez, que luego devolvían. Luis Miguel lo mismo cazaba con Franco que con Picasso en Francia y en Méjico, etc. Rafael Alberti viajaba por Sudamérica como uno más de la familia. Hemingway era más de Ordóñez, porque había conocido a su padre en la guerra. En “Villa Paz”, la finca de Luis Miguel, también se daban fiestas. Una vez fue la hija de Franco con un abrigo de visón. Llegó a haber fiestas de tres soles. Pero allí se arrimaba mucha gente que decían ser amigos de Luis Miguel. A uno de estos me lo encontré en la Gran Vía y al enterarse que no le habían dicho nada de una fiesta, se enfadó; imagina qué clase de amigo.

C.- Los triunfadores siempre tienen “amigos”…

M.- Alrededor de los toreros hay muchos soplapollas. Recuerdo que una vez Luis Miguel toreaba una corrida de Manolo González (que fue aparcero en “El Alamín”), con el que estaba enfadado, y no quiso que los toros brillaran. Un amigo de Manolo González, que tomaba una copa de anís, responsabilizó a los picadores, y Luis Miguel le interrumpió diciendo que el único culpable era él, y le apostó una cena a que la próxima vez cortaba las orejas.

C.- Y las cuadrillas ¿de qué hablaban?

M.- En los viajes por esas carreteras en verano y con gasógeno, lo que se intentaba era dormir, porque si hay que hacer un viaje de Cáceres a Nimes hay que viajar toda la noche.

C.- ¿Qué anécdotas recuerda?

-Se queda pensativo, como intentando seleccionar algunas.

M.- Toreé con Cagancho un año por cogida de Luis Miguel, y le llamó para pedirme: “oye, ese mushasho que anda contigo mandamelo para torear una corrida en Ciudad Real” (en las que se quedaron tres toros vivos, uno que tardó mucho en entrar a los corrales, otro que Cagancho dijo que no lo toreaba y el último que no se soltó por falta de luz natural) ¡Qué bien entraba de espaldas  Cagancho en el burladero! En una ocasión un picador no acertaba y dijo Cagancho: “¡a este le das un corcho de alfileres y un barril de aseitunas y no pinsha ni una!” Y tuve que picar el toro porque, de lo contrario, Cagancho dijo que no lo mataba.

PORTADA DE ABC, 3 DE OCTUBRE DE 1952

C.- ¿Estaba usted el día que Luis Miguel picó un toro vestido de luces?

M.- Eso fue en Vistalegre. Me dijo: ¡Échate abajo, Mozo! y puso la primera vara; la segunda, ya piqué yo. Tenía mucha personalidad. Recuerdo una tarde en “La Alemana” cuando Carrasquero, empresario de Maracay, le preguntó: “¿por qué no toreas, matador?” Y respondió: “porque no me pagáis”. Insistió el empresario y le ofreció dos tardes a 25.000 dólares cada una. Pidió 48 horas para pensarlo y terminar aceptando los 50.000 dólares más 5 pasajes de ida y vuelta . Pero preguntó: “¿Y esto quién lo firma?” Y terminó haciéndolo el embajador de Venezuela. No acabó ahí la cosa, porque hubo otras dos en febrero, en Panamá, Guatemala, México,… 16 en total. En Panamá hicimos casi de comadronas, con Domingo Peinado, cuando nació el hijo de Luis Miguel (Miguel Bosé) en un largo parto. En dos de esas corridas (en Medellín y en Palmira) piqué 13 toros. Toreaban Calesero, Luis Miguel y Pablo Lozano. Ir a América era muy rentable, porque de picador se cobraba tres veces más. Allí, en 1971, llegué a torear tres corridas en 18 horas: a las 9 de la noche en Bucaramanga, a las 12 de la mañana en Bogotá y a las 4 de la tarde en Medellín. También toreé en menos de 24 horas en España y América: fue en 1972, yendo con Ruiz Miguel, primero en Plasencia por la tarde y después en Quito por la mañana del día siguiente.

C.- Usted anduvo con varios matadores: Dámaso Gómez, Domingo Ortega, Cagancho, los tres Dominguines, Julio Pérez “Vito”, el mejicano Jesús Córdoba, Antonio Rubio, Macandro, doce años con El Viti, Pedrés, Palomo, Ordóñez, Jumillano, Litri, Palomar, con el que precisamente picó el sexto toro de la llamada “corrida del siglo” en 1982, Curro Vázquez, Roberto Serrano

M.- Sí, por diversas circunstancias. Por ejemplo, en 1955 los militares no le dejaron torear a Ordóñez, y me fui con Jumillano a Madrid y con Litri a Valencia. Por haber ido con tantos matadores, la gente me pregunta: “¿Tan malo es usted que todos le echaban o tan bueno que todos le querían?”

EL JOYERO BONILLA, EL VITI, CHAVES FLORES Y MOZO, MÉJICO, 1968

C.- Con una carrera tan dilatada, de 40 temporadas, habrá tenido muchos malos momentos.

M.- El peor apuro de mi vida fue en 1971, estando con El Viti. El empresario de Alicante, Luis Alegre, le hizo torear a Luis Miguel para dar la alternativa a Manzanares, con El Viti de testigo; y Luis Miguel me pidió llevarme de picador. En Madrid se lo dije a El Viti, delante de su mujer, y no me dio permiso. Acepté la decisión de El Viti, y Luis Miguel y los de alrededor se enfadaron. Al llegar a la plaza, me dije: “¡de cobardes no se ha escrito na, hay que echarle dos cojones!” Y fui directamente a saludar a Luis Miguel, y nos dimos un abrazo y dos besos. Pero me llevé bien con todos los matadores con los que actué.

MOZO PICANDO EN MANIZALES, 1965

C.- ¿Tuvo muchos problemas con la autoridad?

M.- Algunos. Las denuncias las pagaban Luis Miguel y El Viti. Cuando me contraté con éste, le pregunté: “¿La multas quién las paga?” Me respondió: “Viene usted exigiendo mucho”. Y yo le repliqué: “Porque no quiero discutir después”. Un día me detuvieron en Barcelona por picar un toro crudo después de cambiar el tercio. Al descabalgar me metieron en una habitación de la plaza hasta que terminó la corrida, y después me llevaron junto a El Viti, vestidos los dos de toreros, a la comisaría. Esto le supuso al presidente de esa corrida el traslado por abuso de autoridad. El Viti daba una imagen en la plaza de torero muy serio de carácter, pero luego no era así.

También tuve un problema en Madrid con la cruceta giratoria el día en que debía ensayarse. El delegado, que era López Daza, me amenazó: “¡Ten cuidado con la lengua, que te vamos a pillar por la lengua! ¿Vas a echar la puya?” Le respondí categórico: “No, porque me da miedo”. Él insistió: “Pues es igual”. Yo le demostré en la mesa que yo pico así (y hace el gesto de sostener la puya en horizontal) y no en vertical, así que la cruceta puede girarse y como es más larga que la puya (7 cms. por 5 de la pirámide) pudiera ser que clavase la cruceta. Y se picó con arandela, y en el paseíllo avisaron a público que se picaría con arandela por negativa de los picadores a la cruceta, para echarnos al público encima. Mondeño le echó dos cojones y nos brindó el toro a los picadores por cumplidores de nuestro deber.

Llevamos varias horas de charla, que se han pasado raudas. Me mira, como escrutándome con sus ojos escondidos bajo sus pobladas cejas albas.

M.- Si te parece, nos vamos a tomar una caña, que es hora, y te presento a un paisano tuyo que tiene un bar frente a la plaza de toros. Es de Almorox.

Caminamos, entre continuos saludos, por Sancho Dávila y Alejandro González hasta llegar al Gambrinus de la Avenida de los Toreros. Allí , en la terraza exterior, con el ladrillo de Las Ventas por paisaje, le esperaba su tertulia taurina. Y la familia de Almorox, con la que hablé de Ana Tere y mi añorado Pepe Mangas. Y con los de la tertulia, la charla giró sobre novilleros: Juan del Álamo, Víctor Barrio, Diego Silveti y Esaú Fernández.

MOZO, TARJETA POSTAL DE SANTA ANITA, PERÚ

II PARTE

M.- Hoy tengo prisa porque tengo que ir a una comida, que me lo han pedido. El otro día hablamos de Picasso. Te voy a contar el festival que organizó en Francia.

MOZO, ESPERANDO AL TORO EN ARANJUEZ, EN 1983

C.- Soy todo oídos.

M.- Hay un río que hacía frontera entre la Francia taurina y la antitaurina. Se organizó en un pueblo pequeño, Vallauris, donde vivía el barbero de Picasso, que era de Buitrago, en cuya casa nos vestimos. La plaza era portátil. Era tierra prohibida. Picasso cumplía 80 años, y le dieron un homenaje internacional; había banderas suspendidas de globos en el aire. El festival debió de ocurrírsele a Luis Miguel, en connivencia con el gobierno de Franco. Se llevaron dos novillos para Domingo Ortega y otros dos para Luis Miguel. Las gendarmes se negaban a autorizar la corrida, pero las influencias de Picasso consiguieron que se permitiera, aunque sin sangre. Por ese motivo no podía haber picadores. Así que la policía nos tomó la filiación, y trataron de impedir que salieran los caballos. Yo salí en el primer novillo de Luis Miguel, con Picasso de presidente en el palco, y a su lado su mujer Jacqueline y  Lucía Bosé. La entrada era gratis y la plaza se llenó, y eso que agrandaron el ruedo. Cuando llegó la hora de matar, que se había prohibido tajantemente, Luis Miguel miró a Picasso y éste hizo el gesto del César, con el pulgar hacia abajo, ordenando la muerte del toro. Yo, que por aquel entonces estaba en la cuadrilla de El Viti, fui citado por un juzgado francés; se lo dije a Luis Miguel, porque mi problema no era que si no me presentaba no me dejasen entrar en Francia a ejercer mi oficio, sino que no me dejaran salir. Luis Miguel contestó que se lo llevaría a su administrador, don Servando, éste se lo mandó a Picasso, y nunca más me volvieron a molestar con este tema. Esto fue en octubre o noviembre de 1961.

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CARTELES DE TOROS PICASSIANOS PARA VALLAUIRIS, 1957-1960

C.- Sí que tenía mano Picasso en Francia, sí. Bueno, cuénteme qué es para usted picar a un toro.

M.- Picar un toro es la misma esencia del toreo, porque es lo que va a permitir torear al torero, que es el protagonista. Yo no quiero palmas para mí y pitos para mi torero. Prefiero que me piten a mí y aplaudan a mi torero, porque es la forma en que volveremos a esa plaza a torear.

ECHANDO LA VARA EN VALLADOLID, 12-V-1984

C.- Si le parece, pasemos a los aspectos técnicos. Empecemos por la puya. ¿En qué ha cambiado?

M.- No mucho; la puya tenía un encordelado con 29 líneas de pirámide y hoy tiene 27. A América había que llevar las puyas, selladas y precintadas, y el encordelado había que cambiárselo por las noches (me enseña el ovillo que aún guarda).

C.- ¿Tiene que ser especial la vara?

M.- Bueno, para empezar, la mejor madera para la vara es la de haya. La vara empieza con una longitud de 2,5 metros y luego va bajando a medida que se rompe. Las hay con “muerte”, pero a mi me gustaban derechas, con poca muerte. En cada plaza, la vara que me gustaba la señalaba con una etiqueta, que ponía: “Mozo”. Con las varas rectas es más fácil el marronazo. La policía miraba si el filo de la pirámide estaba hacia abajo, porque consideraban que podía producir el rasgado de la piel. Pero yo nunca vi la diferencia. Hubo una puya con farolillo, que le tocó a Rafael Llorente en Madrid, en sustitución de la arandela; y que la quitaron. Fue hacia mil novecientos cuarenta y tantos.

MOZO EN EL PATIO DE CABALLOS, 1985

C.- ¿Qué más diferencias había en caballos y petos?

M.- Los petos eran de lona y algodón y pesaban menos que ahora. Los aparejos no han cambiado. Ahora, como los caballos duran más tiempo, están mejor domados. Una vez, un caballo no me obedeció y le taladré la oreja para señalar que no podía ser utilizado.

C.- Y de los toros ¿qué me dice?

M.- A todos los toros de entonces había que picarlos, aunque eran más chicos que los de ahora. Antes el torero decía al picador: “dale”. Ahora: “cuídale”. Había una ganadero, Prieto de la Cal, que daba 500 pesetas de propina por corrida y no se quejaba de que la dieran leña. Ahora sobran kilos y el paripé de muchas tardes. Antes, de 60 toros, 45 salían fuertes.

EPIFANIO EN EL TENDIDO DE CADALSO DE LOS VIDRIOS, 2010. FOTO DE RAFA CARLEVARIS

C.- ¿Cómo ha de ejecutarse la suerte? Porque desde que Atienza inventó la carioca…

M.- La carioca no la inventó Miguel Atienza. Se inventó cuando apareció el peto, porque antes era imposible. En cuanto a la ejecución, lo primero es que te pongan bien en suerte al toro en la raya. Por cierto que lo de las dos rayas, que promovió Domingo Ortega, es sólo algo vistoso. A mí siempre me ha gustado que me lo pongan “delantero” para que se arranque al estribo. Después, para frenar al toro hay que echarle larga la vara; esto hace que en ocasiones se te queme la palma de la mano. Sabes que has hecho diana cuando la sangre sale por delante y no por atrás. El sitio es donde acaba la cruz y nace el morrillo, más arrimadito al morrillo que a la cruz. Es donde el toro mejor descuelga. Por eso me pedían “dale delantero, vamos a ahormarle”. Si clavaba en la yema, ahormaba al toro y no era necesario un segundo puyazo, porque hacía mucha sangre. A propósito, recuerdo en 1946 una corrida con Rafael Ortega en Algeciras, sin callejón, con toros de Pablo Romero, que di un puyazo en la yema, y rápido Domingo Dominguín, que era el apoderado, dijo “cambia, cambia”. Y si les das un puyazo fuerte, los toros se mean en hilo.

EN EL BURLADERO DE CENICIENTOS, 2011 FOTO DE RAFA CARLEVARIS


C.- A los picadores no se les aplaude normalmente…M.- A mí en una corrida en Madrid con El Viti, uno de Pablo Romero se llevó enhebrada una puya, y no había manera de quitársela. Hice que volvieran a ponerle en suerte, tiré la segunda vara y agarré la primera, la di un pequeño giro para que se soltara y fui muy ovacionado.

C.- ¿Qué ganaderías ponen más dificultades a los picadores?

M.- En mi época las de Pablo Romero, Conde la Corte, Isaias y Tulio Vázquez, Samuel Flores, Prieto de la Cal, que tenían la piel áspera, Miura, que la tenían fina… Los de Buendía eran chicos pero con picante, le iban bien a Arruza, por su toreo movido, y a Camino que los hacía una faena breve, sin dejarlos pensar. Y los Palhas, que eran toros de tres puyazos. Recuerdo uno de Palha en Oviedo que, con el palo metido, me derribó.

C.- Usted no tuvo ninguna cogida, pero sí alguna fractura.

M.- Sí, tuve una cogida, pero en el callejón de la plaza de Cali cuando un toro saltó la barrera. Y me fracturé la pelvis en Madrid, al caerme p’adelante en el patio de caballos y topar con la “perilla” de la montura. Fue en la Feria de San Isidro de 1977, iba con Macandro, y tuve el récord de permanencia hospitalizado en el sanatorio de Toreros: desde el 14 de mayo hasta el 19 de agosto. Precisamente, en la operación que me hicieron me pusieron un hilo metálico, que me pitó en el arco detector cuando fuimos a ver a Alfonso Guerra a su despacho, yo como representante del Sindicato de Picadores, para pedir una rebaja de los impuestos de las novilladas. No nos dio ni buenas palabras.

C.- ¿Le habría gustado que sus hijos hubieran sido picadores o toreros?

M.- Ni mis hijos, ni mis sobrinos han continuado la dinastía. Yo no animé nunca a mi hijo, pero si hubiera sido picador lo que habría deseado es que lo fuera de verdad. Porque una cosa es ser torero y otra tener carnet de torero. Un día, un amigo de Quismondo me dijo: “te saliste con la tuya, siempre dijiste que si no valías, que te matara un toro”. Pero eso sí, si yo volviera a nacer, no dudaría en volver a ser picador.

Miró el reloj, se levantó y me propuso tomar una caña en el bar de al lado de su casa, antes de partir para su compromiso.

M.- Mira, este cuadro me lo regalaron en el homenaje que nos dieron el 15/11/1985, unos días después de mi retirada en Alicante, a mi hermano Mariano y a mí en el hotel Victoria. Esta casa la compré cuando estaba con El Viti. La anterior estaba en Legazpi y desde allí iba a torear en calesa con los demás de la cuadrilla, enfrentados tres a tres, y no veas qué calor se pasaba en verano, porque además había días que echábamos más de dos horas en el recorrido.

Han sido cuarenta años de profesión, cientos de miles de kilómetros por tierra, mar y aire, más de tres mil corridas cotizadas al Montepío de Toreros, que no pueden resumirse en cinco folios. Esto es solo una pequeña muestra de la historia de Mozo, el decano de los picadores, un joven de 90 años que sigue abonado en la plaza de toros de Las Ventas, y a quien puede verse en los cosos de muchos pueblos de los alrededores, o en la zona de Ventas, cualquier día, charlando con sus amigos, con caña y tapa, o echando la partida diaria.

MOZO EN CADALSO DE LOS VIDRIOS, 2008. FOTO DE LUPIMON

Gracias y hasta la próxima, Epifanio.

COMO COLOFÓN

-En su libro «Mi gente«, Pepe Dominguín, escribe:

El Mozo” es para todos nosotros un ser especial, fuera de seria. Aún duraba la Guerra Civil, cuando un día, contaría por entonces unos 17 años, se presentó en “La Compaza” demandando trabajo. La abuela Pilar le dio un trabajo eventual en la Gañania. “El Mozo” era corpulento, fuerte, serio y callado. Trabajador y honesto a carta cabal. Cuando regresamos de Lisboa ya llevaba unos meses en estos menesteres y allí siguió cuando terminó la contienda y nos iniciábamos como toreros. “El Mozo”, aparte de otras muchas cosas, se encargaba de despertarnos al ser de día, apareciendo en la cocina abrazado a una cepa de encina, de cerca de 100 kilos de peso, que ponía sin gran esfuerzo sobre los rescoldos de ascuadriles del día anterior, que calentaban las tarinas próximas, donde sobre las tablas dormíamos Miguel y yo.

Su corpachón era demasiado abundante en talla y anchuras como para pensar en embutirse en el traje de torear de un hombre de a pie. Y “El Mozo”, con nuestro consejo decidió hacerse picador. Que fuerza y potencia no le fallarían. “El Mozo”, a estas alturas, no había visto en su vida un toro bravo, como no fuese en las revistas taurinas, que fue casi la carretilla todo, yo le enseñe a leer.

En los meses de temporada comenzó su aprendizaje. Primero como mozo de cuadra y después como picador de reserva a las órdenes de Veneno y Salcedo, que alquilaban a las empresas los caballos para picar. Poco a poco fue haciéndose al manejo de las monturas, de las puyas y de petos y también se hizo ducho en caídas y golpetazos, donde a veces las babas de los toros se le acercaban calientes y verdosas a su propia cara.

Cuando cesaba la temporada regresaba a “La Companza” para hacer lo que hiciese falta, pues tanto se le daba hacer una cochura de pan, cavar la viña, echar unos surcos, como en las fechas de la matanza destrozar un guarro, amasar y embutir los chorizos o apilar los jamones después de salados.

EL Mozo” hacia todo y todo lo hacía bien. Luego iría integrando su familia a nuestra casa, hasta convertirlos en parentela creciente y querida.
Cuando “El Mozo” cumplío los largos días de aprendizaje, toreo conmigo y después pasó a la cuadrilla de Luis Miguel. Para entonces ya era “El Mozo”, Epifanio Rubio Borox, un gran picador y además fundador de una dinastía de varilargueros, todos buenos profesionales, pues, sus hermanos, tanto Mariano como “Chiquillín”, se despidieron del azadón, la pala y la vida campesina para integrarse en las relucientes y vistosas cuadrillas de lidiadores de reses bravas.

El Mozo” ha sido en el largo curso de nuestra azarosa vida el primero en alegrarse con nuestras venturas y el último en abandonar nuestros pesares, y su impotente presencia humana, silenciosa, cabal y amiga, ha sido testigo entrañable de nuestro pequeño y apretado mundo familiar.

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José María Moreno Bermejo

José María Moreno Bermejo

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