LA SUERTE DE VARAS DEL SIGLO XXI

LA SUERTE DE VARAS EN EL SIGLO XXI

¿CÓMO ADECUARÍA LA LIDIA AL SIGLO XXI?

El título anterior es el que el jurado del Premio Literario Internacional Taurino Dr. Zumel propuso para su convocatoria  XXX, de 2018. Un acierto más de este prestigioso premio que cada año incrementa el interés en el ámbito cultural taurino, y que tan generosamente patrocina D. David Shohet Elías con una sabrosa dotación económica.

El de esta edición lo han conseguido un doctor en Biología, D. Fernando Gil Casares, y un veterinario especializado en toros de lidia, D. Julio Fernández Sanz, en la primera categoría; y un experto aficionado, que fuera presidente de la plaza de toros de San Sebastián, D. Francisco Tuduri Esnal, en la segunda. Ambos trabajos son de alto interés y cogen el toro por los cuernos en cuanto a la situación de la Corrida de hoy día, su pronóstico y soluciones para mejorarla; los dos tienen claro que la situación actual es insoportable para la sensibilidad de la sociedad del siglo XXI. Y es la publicación en “El País” (8/III/2019) del comentario de D. Antonio Lorca sobre el trabajo premiado con el premio Zumel en su primera categoría, el que ha me suscitado la necesidad de contestar  a sus autores, respecto a lo que dicen sobre la Suerte de varas.

Aunque ambos trabajos coinciden en el mismo diagnóstico, las adecuaciones que proponen para la mejora imprescindible de la Corrida, son bastante diferentes, ya que el primero se refiere más a las soluciones “técnicas” que creen que pueden mejorar  la actual lidia, mientras que el 2º incide más acertadamente en la diagnosis de las malas praxis que se han ido adoptando para facilitar a los intervinientes en las corridas sus labores profesionales. Ambos trabajo determinan la inviabilidad de la situación actual.

Nos ha gustado mucho el trabajo del Sr. Tuduri, claro, directo y objetivo. El de los Sres. Gil y Fernández adolece, a mi parecer, de credibilidad científica, lo que me obliga a declarar mi inconformidad respecto a su diagnóstico y propuestas de soluciones, en lo que se refiere a la Suerte de varas. El resto de apartados del mismo es coherente y de interés; pero el de la Suerte de varas es…, cargarse la suerte por innecesaria, absurda, ofensiva y denigrante. Cesión de legitimidad para aliviar, eso creen, las iras de los “anti”. Vamos “al toro”, amigo “Bocanegra”.

En 1999 se publican en la Revista de Estudios Taurinos nº 9, dos artículos sobre la Suerte de varas, en los que se reflejan unos estudios minuciosos realizados por veterinarios expertos, que plasman los resultados de los puyazos inferidos a 277 toros lidiados en los cosos de Córdoba, Sevilla y Madrid, durante 46 corridas de las temporadas 1996 y 1997, en un caso; y en el otro los que se obtuvieron de 91 toros lidiados en 14 festejos de la Feria de San Isidro de 1998, con más de 8.000 datos analizados. El primero de ellos lo firman 3 veterinarios de la Facultad de Veterinaria de Córdoba, los profesores: Barahona Hernández, Cuesta López y Montero Agüera. El 2º es el desarrollado por los veterinarios de Madrid: Julio Fernández Sanz y Juan Villalón González-Camino.

En estos estudios queda claro, por parte de los autores, varios conceptos que creo fundamental dar a conocer para poder iniciar una necesaria mejora y adecuación de la Suerte de varas en la corrida de nuestros actuales tiempos. Sobre la idoneidad del puyazo en el morrillo, dicen los veterinarios cordobeses:

 “Porque interesa el borde dorsal del cuello en su posición caudal, un poco anterior a la cruz, que corresponde al nivel de la 4ª a la 6ª vértebras cervicales, y que lesiona los músculos extensores responsables de los movimientos de la cabeza, consecuentemente de la cornamenta, logrando así ahormar  la cabeza en su movimiento para el toreo con la muleta”.  

En el trabajo de Julio Fernández y Juan Villalón se opina lo mismo sobre picar en el morrillo (al final del morrillo, especifican), y explican, sobre una figura de la anatomía del toro; “La región anatómica en la que se debe picar es la “A”, la que se encuentra entre la 4ª y 7ª vértebras cervicales”, (el morrillo). Y sigue: “La misión del puyazo colocado en la citada región es descolgar la cabeza del toro (humillar), al lesionar los músculos extensores de la cabeza y su ligamento de sustentación, produciendo una hemorragia aparente (sic)”.

En el trabajo premiado, los Sres. Fernández Sanz y Gil Casares, en el apartado 1.3.- ANÁLISIS DE ALGUNOS MITOS ERRÓNEOS DEL TOREO, el  punto 1.3.3., se refieren a: “Picar delantero favorece que el toro humille”, mito porque: “El daño producido en los músculos elevadores de la cabeza es en nuestra opinión ineficaz para lograr que el toro humille dada las dimensiones de la puya…”. Parece que se contradice la opinión actual con la del trabajo de 1999.

Si preocupante es esta afirmación, más lo es la de otro mito que denuncian en el punto, 1.3.2.: “Los puyazos templan al toro”, que resuelven con el siguiente razonamiento: “La embestida del toro no se templa o ahorma ni por los puyazos, ni por las heridas, ni por la sangre que pierde, sino por la acción de empujar en su lucha contra el caballo”. Y, a nuestro parecer, se contradice seguidamente: “La puya es un útil imprescindible para la defensa del picador, que permite que el toro mantenga la acometida al caballo y pierda energía en el esfuerzo, templándose su embestida”. Parece que el Dr. en Biología Sr. Gil otorga al toro capacidad neurológica para cambiar su comportamiento sólo por su voluntad; es la teoría de la “Bilogía de la creencia”, del Dr. Bruce H. Lipton llevada al mundo del toro…

Sobre el mito del punto 1.3.1. :”La sangría del toro en la suerte de varas es beneficiosa”, concluye el trabajo con el siguiente aserto; “La hemorragia producida durante la suerte de varas no debe ser considerada como objetivo que aporte algún tipo de beneficio (…), sino como una consecuencia del uso de útiles reglamentarios para la lidia”.

En el anterior punto acierta de pleno refutando el mito, éste sí, de la posible  congestión del toro que decían algunos hace “muuuchooo” tiempo,  se evitaba con el sangrado, y lo explican Gil y Fernández perfectamente; aunque eso está “desmitificado” desde hace más de un siglo… Pero, a mi parecer, lo que dicen sobre la no incidencia del sangrado con el posterior comportamiento del burel, no es acertado. El planteamiento del trabajo sobre la hemorragia controlada es correcto. Un toro de 500 kgs puede contener un volumen de sangre de unos 35/38 litros. Un puyazo normal produce una hemorragia de unos 1,5/,2,5 litros, esto es, un 6% de su volemia. El estudio hace la comparación con el cuerpo de un hombre de 75 kgs de peso. Estando de acuerdo con las variables, fijando  en el hombre una volemia de 5 litros, y suponiendo una donación de sangre normal de 300 cc en un acto de altruismo solidario, concluiremos que el porcentaje es, precisamente, del 6%, como el del toro picado. Ahora bien, debemos tener en cuenta que mientras el donante ofrece su sangre relajado, tumbado y en un tiempo de unos diez minutos, o más, y tras el acto recibe un bocadillo y una coca cola que consume, relajado también, tranquilo durante otros 10 o 15 minutos en los que se recupera, el toro en la plaza es sangrado en violento movimiento, y enseguida es requerido su esfuerzo para dar todo lo que pueda de sí. Sin coca ni bocata. Es lógico que ese sopor temple su ímpetu, su psiquis y su poder. O sea que hay que evitar un  sangrado excesivo.

En el apartado de las puyas, los Sres. Gil y Fernández ofrecen su opinión de que la puya no sirve nada más que para la defensa del picador. Y apostillan, pág. XI, que dado que los receptores del dolor están principalmente en la piel, en mayor medida que en los músculos, es innecesario afectar éstos para la necesaria producción hormonal de endorfinas y betaendorfinas que mitiguen el dolor. Aceptando lo anterior, sino es necesario el puyazo  para templar, para producir opiáceos anodinos ni para ahormar. ¿Para qué hay que picar entonces?

Sí acertaba el Sr. Fernández, en el estudio del 1999, en  el dictamen sobre los puyazos traseros y los que se aplican en la cruz:

“Los puyazos traseros son los que se colocan en la región del dorso. Son criminales pues solamente lesionan músculos relacionados con la el raquis y, más profundamente las costillas pueden ser también dañadas. El puyazo trasero es inadecuado, no regulariza el acornear ni debilita el empuje, más bien dificulta la locomoción. Al mismo tiempo la fuerza del cuerno queda relegada contra el peto y el caballo por lo que su efecto es irregular, casual e incierto”.

Y continuaba sobre los puyazos en la cruz:

“Este tipo de puyazo suele colocarse sobre la reunión de la línea del dorso y la imaginaria que reúne las extremidades torácicas (lugar indicado para la estocada). A este nivel no están los músculos más importantes de la cabeza, sino los músculos del dorso y de los miembros anteriores. La puya en la cruz lesiona los siguientes músculos: el trapecio en su porción torácica; el romboideo torácico; espinal y semiespinal del tórax y cuello; el multífido del tórax y el ligamento de la nuca en su porción ancha; afectando a la irrigación sanguínea de las arterias intercostales”.

El coautor del trabajo premiado en el “Zumel 2018”, Sr. Fernández Sanz, expresa en el mismo ideas que contradicen, a nuestro entender, lo que aseguraba en el análisis que publicó en 1999, que se correspondía totalmente con las opiniones del otro trabajo cordobés referido, y con todas las opiniones que sobre la Suerte de varas han vertido, vierten y verterán profesionales veterinarios, estudiosos y aficionados de amplia experiencia. El coautor del trabajo premiado, D. Julio Fernández Sanz, paisano, amigo y admirado luchador (otrora) por la Suerte de varas bien hecha, firmó un manifiesto en defensa de la Suerte de varas que, a nuestro entender, no se corresponde con lo referido en el trabajo compartido con Gil Casares. (Manifiesto elaborado por el catedrático de la Universidad Pública de Navarra, D. Antonio Purroy Unanue)[i].

Como corolario obtenido del trabajo de los señores Fernández y Gil, nos  parece atisbar un deseo de que se suprima la Suerte de varas en su integridad por estimarla innecesaria, claramente ya que asegura que en el morrillo no sirve para nada, y en el resto de la anatomía del toro es perjudicial. En su lugar se podría utilizar un peto acolchado, fofo y suave en el que el toro se desfogara hasta “templarse”. La puya a utilizar, sólo para defender al picador, sería de las llamadas “de limoncillo”, con apenas  3,75 cms de longitud, con pirámide de cuatro lados para no rasgar, lo justo para romper la piel, generar anodinos y permitir el apoyo del picador en el toro. Puede, incluso, sustituir el caballo por un elemento mecánico con su forma, pertrechado de la confortabilidad suficiente para que picador y toro no sufran la más mínima acción violenta. El  único objetivo que resta de los que justifican la necesidad de la Suerte de varas, el de comprobar la bravura, se cumpliría con esa simulación. Recuerden que el entrenamiento de los caballos de cuadra famosísima, (con motivos para ello), adiestraban a sus jacos enfrentándolos a murallas contrarrestadas por forzados mozos que aguantaban el golpe y enseñaban al rocín cómo inclinarse sin ser vencido; labor de empuje que realizaba un tractorcillo debidamente adecuado para evitar traumas.

Con la buena voluntad hay que contar siempre; pero decir una cosa y la contraría, es una inadmisible frivolidad. El hecho de que hay que preocuparse muy seriamente de la Suerte de varas es algo insoslayable, urgente y exigible, incluso reglamentariamente. No se puede seguir así. Nuestra opinión sobre las soluciones al respecto la exponemos cutio en el blog: “lasuertedevaras.es”, y podemos aportar 3 supuestos para ello. El 1º es el de la formación; enseñanza, capacitación y conocimiento, tanto a picadores y matadores como a ganaderos y aficionados. El 2º es el cumplimiento de lo reglamentado, con vigilancia sobre quién  puede subirse a un caballo de picar, y la aplicación de un régimen limitador de la actividad para picadores y matadores que incurran en mala praxis. El 3º se refiere a la necesaria ética que debe observarse en esta suerte necesaria, tan bella, cuando se hace bien, como deleznable cuando se realiza mal (casi siempre, por desgracia).

En resumen: Si a un toro se le pone bien en suerte frente al caballo; si el picador  “enfrontila” su montura citando al bravo y yendo poco a poco hacia él, encelándolo; si clava la puya en el morrillo sosteniendo al burel con la fuerza de su brazo, el apoyo en el estribo izquierdo y la resistencia del caballo en la recepción y en su largada, evitando el choque violento contra el peto; si se acorta al máximo el encuentro templando la lid y midiendo el castigo, la suerte tendrá emoción y carecerá de agresividad visual. Y el toro saldrá de ella más ahormado para la faena de muleta.

Cuando el puyazo es adecuado, en el morrillo, y la lucha es equilibrada, sin el abuso del peto o de la puya, la suerte es digna y legítima. Si, como sucede ahora,  cualquiera sirve para subirse a un caballo de picar; y si el matador no sabe otra cosa sobre la Suerte de varas que la de que sirve para quitar poder, todo será malo (como pasa ahora).

A los autores pedimos que no nos priven del conocimiento; pues eso es lo qué hacen al publicar en los foros en los que están haciéndolo estas teorías fantasiosas. Se han cargado el “ahormar”, que según su tesis sólo se consigue con el peto, el golpe y el cansancio. La anatomía del bovino sigue siendo la misma desde siempre; y la del humano; por lo que una herida en un músculo, tendón, cartílago, le producirá una sensación que le obligará a utilizar otros más íntegros para su facilitar su locomoción y movimientos, variando su acción habitual. No existe espacio para la épica en esta corrida capada. Y nosotros la tildamos  de no ética, en contra de lo que creo que pretenden en sus planteamientos, porque privan al toro de luchar en equilibrio exigible. Aviso a navegantes: si dicha tesis prospera, mañana no será necesaria la suerte de varas (ya sin mayúscula). En los corrales se pondría un caballo mecánico con un peto apropiado y allí se encelaría al morlaco para su “temple”. Ya calmado podría salir a la plaza a que nos deleitásemos viendo sus embestidas suaves, con su cabeza por los suelos y con el poder justo para que el artista de turno nos ofreciera 226,3 pases de espejo.

Y así los ganaderos producirían, definitivamente, toros “artistas” con grado “60u” de dopamina, dóciles e inofensivos que saldrían humillando, (y humillados); y mucha serotonina para que no se alterara su psiquis, por muchas provocaciones que le infirieran los de luces; los de las ya luces apagadas privados de la épica que un día justificara esta leal lid de un hombre con su inteligencia, y un bruto con su poder. Los que huyen del “albaserrada”, “urcola” o “vega villar” porque tienen dopamina mayor de 80u, o sea, más poder; y menos serotonina, o sea más beligerancia. Recordemos lo que nos dijo el Dr. en Veterinaria D. Alberto Centenera en su conferencia de enero 2015 en el Aula de Tauromaquia de la Universidad Ceu San Pablo en su tesis doctoral sobre el comportamiento del toro de lidia. Y la del Dr. Francisco Jiménez, en términos muy parecidos. Ambas tesis fueron dirigidas por el primer estudioso e investigador sobre el comportamiento del toro de lidia, el Dr. D. Juan Carlos Illera del Portal, que realizó su importante investigación con chips incrustados bajo la piel de los toros, y que recogían todas sus reacciones fielmente.

Por si os sirve de algo, queridos autores, durante los San Isidro de 1997 y 98, y las siguientes temporadas hasta la del 2007, César Palacios y un servidor dejamos nuestros comentarios de lo ocurrido en el coso venteño durante todos los festejos celebrados durante aquellos años en 10 volúmenes editados por el Ayuntamiento de Madrid. El maestro César con sus acertados apuntes  y yo con las notas de lo que vi, enjuiciamos unos 670 festejos, 4.000 toros. Mi juicio sobre los 8.000 puyazos: cita, encuentro, colocación, mesura…, los acompañé a menudo con el comportamiento posterior del burel, y créanme que a un puyazo trasero le seguía una embestida rebrincada la mayor parte de las veces, y/o cabeza alta; a un exceso de sangrado un cansancio prematuro, toro parado, media embestida; a uno caído, un movimiento desequilibrado, claudicaciones, derrotes… Eran los mismos síntomas que el Sr. Villalón y el Sr. Fernández Sanz explicaban en su estudio de 1999 sobre acción / reacción tras las varas. ¿Y ahora? Es cierto que la labor de selección de los ganaderos y sus veterinarios ha perfeccionado (y uniformado) mucho el comportamiento del toro de lidia; pero también creemos que es necesario, para poder apelar a la ética de la Corrida, que en esa selección se limite la domesticidad del bruto, pues llegaría un momento en que lidiáramos un ser casi racional… Y eso es absolutamente inadmisible.   

Exijamos la ortodoxia posible. No facilitemos con criterios “laight’s” la suerte de varas inocua, porque nos cargaremos el rito de la Corrida y su legitimidad.   


[i] “lasuertedevaras.es/manifiesto”

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José María Moreno Bermejo

José María Moreno Bermejo

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